Monterrosiana
En algún lugar de un libro casi olvidado, cumpliendo su propia profecía, Tito Monterroso se dejaba la tarea, hasta donde entiendo nunca llevada a cabo de, cito: “Contar la historia del día en que el fin del mundo se suspendió por mal tiempo”. Dicho libro, por cierto, se llama ‘La letra e’ y a mi me da por pensar que, en su socarronería, hay cierta afinidad, con aquella “La desaparición” del jubiloso Perec, que se aventuró con una novela completa, 300 páginas, sin usar la letra e. Para rizar el rizo el propio Perec luego fue por ‘Les Revenentes’ (que nadie ha podido traducir del francés al castellano) donde para más inri solamente usa la dichosa letra e, de emolumento y entredicho . ¡Ma paraca muy bian!
Monterroso no se metía en esos enredos, y casi en ninguno; jocoso y simple, nos dejó su mínimo cuento del famoso dinosaurio que, al amanecer seguía allí, un famoso microrrelato que comparte estirpe con aquellos ‘Crímenes ejemplares’ de Max Aub, uno de los cuales dice: “Lo maté porque era de Vinaroz” (por Vinarós, en la frontera de valencia, que es España, y Catalunya, que no los es tanto, según algunos catalanes. Como sea y no estando, como nunca estoy, para asuntos criminales, usemos el moterrosiano: “Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
Todo en ánimo de escapar, como se escapa de la peste o de las cárceles que un ínclito ultraderechista quiere construir, según el polpotiano modelo de un monarca salvadoreño, del tópico, una vez que luego de nuestra nueva Noche Triste, amanecimos y nos dimos cuenta que México seguía allí, con todo lo que usted quiera y guste que signifique.
En mi caso, solo asomarme por la ventana, vi la selva que tengo por jardín, lo que me llevó a una serie de recuerdos dolorosos, recuerdos que, por puro instinto de conservación y pura evasión, había dejado por allí tirados en la habitación desde el juego contra Ecuador y hasta que el sitio del Banco de Londres y México terminó con el fatídico 2-3 en favor de los británicos. Mi abuelo decía de los ingleses:
–¡Qué se puede esperar de un pueblo de piratas!–, bajo la suposición falsa de que el cielo le dio a la pérfida Albión un sir Francis Drake en cada hijo.
Yo pensé más bien en el Blitz de Londres, donde Hitler vació los almacenes de bombas, con 8 meses de bombardeo de la Luftwaffe, la destrucción de un millón de casas y edificios, sin lograr vencer la resistencia de los ingleses que, dice el dicho, se doblaron, pero no se partieron, igual que en esa media hora donde nuestros tres delanteros no pudieron atinar a cabecear uno de los decenas de arteros centros que mandaban el joven al que llaman el ‘Piojo’ y otro de apellido Gallardo que, visto lo visto, no le pegaron un palo al agua.
Lo que sigue es el topicazo: el jugaron como siempre…, el cayeron con la cara al sol (cuando ya eran las ocho y pico de la noche), la culpa es de Calderón y otros clisés de esa misma estofa, que van desde las acusaciones ratoniles, hasta los elogios al héroe batido por los vengativos dioses –víctima, siempre en la tragedia, de sus propios errores.
Yo que gusto del futbol (sin tilde, que estoy escribiendo en estricto mejicano) –mi placer culposo– y sí me emociono en estos trances, que veo siempre de pie y con los nervios a flor de piel, me di y me doy por satisfecho. Me gustan los deportes justo por lo que tienen de juego, porque me emocionan y me ayudan a evadirme un rato de la imagen de ese dinosaurio que está y estará allí cada despertar.
Vi el juego en la soledad de mi casa. En algún momento invité a hacerme compañía a la bestia peluda que habita en el jardín, hasta que reparé que, tratándose de un border collie (es decir un perro mitad escosés y mitad inglés), era un quintacolumnista y lo arrojé allí donde, entre aullidos, festejó los tres tiros de muerte que nos propinaron Jude Bellingham y el actor shakesperiano que es Harry Kane –que está pintado para hacer de Desdémona en los estertores finales.
Y aunque el dinosaurio monterrosiano no tiene trazas de irse, lo cierto es que al verme en el espejo, nomás superada la visión selvática del jardín, a mí no se me cayó nada; ni me gasté lo que no tengo en ir a algún partido, ni perdí ninguna apuesta (la ventaja de no apostar), ni sufrí ninguna degradación en el famoso escalafón –ranking le dicen los anglófilos, seres ahora despreciables– de la FIFA, donde no pinto nada.
Ahora lo que queda es ver extinguirse la flama del mundial y ver si los franceses son capaces de lavar nuestra afrenta y reeditan su ya añeja victoria de la Guerra de los Cien años, si es que se da el cruce –cosa que ignoro y que tampoco es que, a estas alturas, me importe mucho.
Abur.
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