No me vengan con milongas (O sí)

Noticias de Madrid. Recuerdos en tropel. Música de bandoneón.

A menos que prefieran que me ponga a reflexionar sobre las miserias morales de un país donde se hacen homenajes públicos a los jefes del narcotráfico –asunto para el que no tengo cuerpo, y menos en esta tarde soleada y calurosa.

Decía, entonces: noticias de Madrid. Mi corresponsal favorito, abonado a la OSM, que es la Orquesta Sinfónica de Madrid, suele enviarme fragmentos de los conciertos sabatinos en el Teatro Real. Un poco de Stravinsky, otro poco de Rachmaninov, algunos segundos de una pieza de Prokofiev y unos más del Concierto para fagot de Weber. Yo que soy un melómano más bien limitado, oigo y entiendo lo que puedo, la verdad. En el teléfono, que es el medio por el que el Zarévich me comparte lo que me comparte, hay un archivo más largo de lo habitual: un bis de algún violinista prodigio, que se atreve con un tango.

Recuerdos de París, imágenes de un tren matutino que va de Barcelona a Cubelles: un pedigüeño ingenioso que abre un maletín, saca a un compadrito, enciende un reproductor y mueve los hilos para que el pequeño engendro, bandoneón en mano nos acompañe en el trayecto.

Tal vez el recuerdo sea tan viejo como el milenio, un poco más. Estoy en París, en un ruinoso hotel de la Plaza de la República, donde TV5, tiene un día monográfico de esa pasión tan francesa: el tango. Subtitulado al francés, en perfecto español porteño, por más que les pese, Gardel baja al camarote de segunda, donde hay una mujer cuya pasión la llevó al robo.

Se trata, nada menos, que Tango Bar, la última película de Gardel, antes del avionazo fatal.

La película trata de una travesía: Gardel va a París a cantar a un cabaret de predicamento, el famoso Tango Bar. Imágenes del barco, de la cubierta de segunda, de las cenas de lujo en el comedor de primera. París es una toma aérea, en perfecto y nebuloso blanco y negro. La película es de 1935 y fue estrenada, según creo recordar, unos días después del avionazo de Medellín donde ‘El Mudo” muere. A menos que…

Abro el archivo llegado de Madrid. El virtuoso violinista ignoto, toca y yo pongo la letra mentalmente: “Cuántos desengaños, por una cabeza/ Yo juré mil veces no vuelvo a insistir/ Pero si un mirar, me hiere al pasar/ Su boca de fuego/ Otra vez quiero besar…”.

El tango, que es interpretado en el filme de antes, sería desconocido si no fuera por la famosa escena de baile de aquella cinta donde Pacino, ciego, baila con destreza.

Curiosamente la escena del famoso Tango Bar, no corresponde a París, sino a Barcelona: una vista aérea del Teatro Coliseum de la Gran Vía de les Corts Catalanes, entre la Universitat y el Paseig de Gracia; un teatro convertido en cine, por el que pasaba casi diariamente camino de clases y al que solamente una vez, como el bolero, entré en la vida –a ver una deplorable película que abandoné a los pocos minutos.

Junio de 1935 –yo no nacía, evidentemente, si no tendría más de 90 años–. Un presumible error humano del piloto hace que un avión del SACO se desvie en la pista del aeropuerto Olaya Herrera, de Medellín, antes de despegar y embista a otra aeronave. Ambas estallan en llamas. El segundo avión lleva la peor parte. Mueren 17 de sus pasajeros y tripulantes. La primera aeronave, un Ford Trimotor, sale mejor parada. Solo mueren 7 personas, dos tripulantes y cinco pasajeros. Uno de estos cinco era Gardel. Otro, Alfredo Le Pera, letrista de la canción de marras. Y de tantas más.

Está de más decir que la película de antes no fue filmada ni en Buenos Aires, ni en París y menos en Barcelona, sino en Coney Island.

Volviendo a Gardel y Le Pera, entre sus muchos éxitos compartidos (Mi Buenos Aires querido, Volver…), está “Sus ojos se cerraron” (“...y el mundo sigue andando/ Su boca que era mía/ Ya no me besa más…”), que da nombre a una película, que ya no sé si vi en París aquel día remoto, o vaya a saber usted dónde –ni que mi memoria fuera infalible–. Recuerdo a un cantante de tangos (un tal Grandinetti) y a la bellísima Aitana Sánchez Gijón. Entre la bruma creo recordar que la trama nos hace especular si un tal Renzo Franchi es un imitador genial de Gardel o si es el mismísimo Zorzal Criollo que no ha muerto, pero ha decidido huir de la fama en un tugurio de mediana muerte.

Por cierto, este artículo no causa aranceles.

Abur.

Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión.

 

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Agustín Morales
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