¿A poco pagan por eso?

Borges, que en muchos sentidos era un argentino atípico (decía despreciar el tango, renegaba del castellano en favor del inglés), aborrecía el fútbol, ahora sí con tilde –estamos parafraseando a un argentino–, llegó a decir que tal deporte “era popular porque la estupidez es popular”, que “despertaba las peores pasiones” y otras linduras como que se trataba de “uno de los mayores crímenes de Inglaterra”, él que se rendía ante cualquier cosa con tufo anglosajón; un día llegó a decir de García Lorca, a propósito de su mal disimulado repelús a todo lo que oliera a España, que era “un andaluz profesional”, que era como calificarlo de poeta menor, algo así como un rapsoda del folclor del sur ibérico.

Es lo malo de las caracterizaciones generales, de esa luciferina pulsión por el yo mayestático, que es el fundamento del chauvinismo y del prejuicio nacional, que ahora se manifiesta en contra de un pueblo que lo practica tanto; no una, ni dos, sino muchas veces, en aquella temporada que pasé a caballo entre La Plata y Buenos Aires, en el lejano 93, escuché de viva voz esa comparación que les gusta tanto a los argentinos, al hablar del resto de los países de Iberoamérica (exceptuando a los de la Banda Oriental del Uruguay): “nosotros somos hijos de los barcos”, en contraste de los mexicanos, guatemaltecos, brasileños, paraguayos, colombianos… que éramos hijos de las selvas, que es lo mismo que decir de los indios.

Debo decir que esto, que se repitieron hasta el cansancia y hasta creérselo, salía de boca de personas encantadoras, educadas, pero que habían interiorizado que sus apellidos italianos (aunque se refieran a los migrantes italianos con un despectivo “tanos”), les hacían europeos exiliados en América, en la lógica, absurda, que Buenos Aires es “la París de Suramérica”.

Aquí es donde hago una declaración de principios: yo sufro de argentinofobia, por más que sus seleccionados cumplan cabalmente con el estereotipo del tipo artero, teatral, petulante, victimista y todos los etcéteras que ahora circula con profusión en las redes y que algunas voces sensatas desde la Argentina han reconocido como una caracterización ganada a pulso.

Yo no sufro argentinofobia, decía, porque no creo que once tipos puedan representar a todo un pueblo; y porque me gusta Argentina, me gustan Borges y Cortazar (aunque no Sabato), me gustó la elegancia de Ardiles, me gusta el tango, me gusta la milonga, me gustan las empanadas de choclo, el mate, el Flaco Spinetta, Charlie, Fito, la manera en que Valdano habla de futbol (ya sin acento, por favor), la Invención de Morel de Bioy Casares, los paisajes de San Carlos… Eso no obsta para que no me revienten Videla, Massera y Agosti, Viola y Galtieri y me desagrade profundamente, hasta la náusea, la mera existencia de tipos como Milei.

Ya vamos llegando a Pénjamo y dejemos el balompié allí donde le corresponde.

Dice Milei que México, Brasil y el Partido Demócrata de los Estados Unidos (del que me entero que todavía existe), están organizando una campaña contra la Argentina, en una clara confusión: el de pensar que Milei y Argentina son una misma cosa, siendo que este señor no es sino otra escrófula supurante en el cuerpo de una sociedad que suele tener estas manifestaciones virulentas –como las tenemos aquí mismo, las tienen en España, en Inglaterra, en el país vecino del norte, y prácticamente en todo el mundo, lamentablemente.

Sabía yo de la leyenda de que se arman, para lo pequeño y lo grande, campañas de estas que pagan (siempre presuntamente, estamos hablando de mitos y relatos legendarios) generosamente a opinadores tanto para elogiar al pagano, como para golpear al enemigo, con comentarios que tengan algún barniz de aparente sinceridad –tan legítima como un billete de tres pesos, mexicanos o argentinos–, pero ya metido en esto y ahora que me entero que existe todavía el Partido Demócrata estadunidense, quisiera ver donde me anoto.

Y pensar que yo al señor lo repudio (como a tantos de su estofa), de manera gratuita.

Debo decir que cuando hablo de cobrar por hablar mal del señor Milei, ese sujeto despreciable (nótese lo duro del ataque), hablo de dólares y no de devaluados pesos nuestros, ni reales brasileiros; si voy a comprometer mi integridad es no por interés sino por pura y extrema necesidad y, dado, el caso, que sea en billetes verdes.

Ya me dicen dónde y a qué horas paso a cobrar.

Abur.

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Agustín Morales
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