Preso me encuentro, tras de las rejas

Hace un año, por estas fechas, me tocó la fortuna de pasar el Día del Padre con mi hijo. Era la primera vez en cinco años que coincidíamos. Yo había ido a Madrid para verle, acompañarle en su graduación de su máster y alguna cosa más, que ahora no viene a cuento. Acordamos salirnos de Madrid; un par de semanas antes fuimos un fin de semana a Bilbao, así que buscamos un destino más cercano y cómodo: Segovia.

El plan era sencillo: salir en tren a media mañana, pasear un rato, tomarnos por allí algo, comer cochinillo, hacer algo con el sopor y volvernos a media tarde. La única condición era no ir a Cándido, uno de esos famosos restaurantes para turistas con ganas de comer regular y pagar una pequeña fortuna, y luego andar por el mundo diciendo: “No sabes el manjar que nos dieron”. Forman parte de esa categoría de negocios para visitantes despistados y presuntuosos el célebre Sobrino del Botín, El Paraguas, allí en Madrid, o el Siete Puertas o Els Quatre Gats, de Barcelona.

Este año la cosa pintaba distinta, como los años previos a esa comilona del año pasado. Sin mi hijo, que acababa de marcharse unos días antes, poco tenía que festejar, así que el sábado a media tarde me programé para un día domingo de lo más normal: madrugar, trabajar un poco en el ordenador, ir a pedalear un rato, pasarme por el gimnasio… Si acaso un par de copas con un grupo de amigos que suelo ver los domingos y que, dada la fecha, seguramente marcharían temprano a ser homenajeados por sus hijos o a homenajear a su padre. Los que tienen.

El sábado, de regreso del programa, me puse a ver el más bien aburrido baile de los nipones contra los tunecinos, cuando el cielo comenzó a bramar, como aviso de que nos iba  a caer un diluvión casi bíblico. 

Desperté poco antes de las siete. El reloj de mi lámpara despertador estaba muerto, lo mismo la luz roja de la pantalla de la habitación. Comprobé que estaba sin energía, seguro desde la madrugada, cuando pulsé un interruptor y los reflectores del techo lanzaron una luz mustia e intermitente.

Pronto comprobé que, otra vez –y esto es cosa cada vez más frecuente–, estaba sin luz. Eso quiere decir que no había televisión, ni internet, ni agua corriente, con la nevera en silencio… Tampoco el portón de mi cochera estaba por la labor y, para más inri, comprobé que el apagón era general y tampoco las rejas de la privada donde vivo tenían energía para poder ser abiertas.

–Lo peor –me dijo una vecina que estaba viendo el mecanismo muerto, con mirada de quien ve a un hijo que se despeña de un risco–, es que el mecanismo para liberar las puertas se barrió y no hay manera de abrirlo manualmente.

Eso quiere decir que estábamos, materialmente, recluidos como reos en cárcel de media seguridad. Quedaba la posibilidad de salir por una puerta de servicio y poca cosa más, pues esa privada está lejos de todo y, salvo un par de esas tiendas que son omnipresentes, a pocos lugares puede ir uno sin auto.

Y yo –pensé– con decenas de trabajos por calificar. Saqué la laptop y algo pude hacer, hasta que, hora y media después, la batería murió por agotamiento. Ni trabajo, ni ejercicio, ni juegos del Mundial, ni café, ni leches. Mi único nexo con la civilización era mi teléfono, al que a eso de las diez de la mañana le quedaba la mitad de la batería.

No voy a narrar el consabido martirio para que le contesten a uno en la CFE, la espera de 40 minutos para una llamada fallida, la voz meliflua del tipo que me juraba que, según sus reportes, yo y mi vecindario teníamos luz –y seguramente éramos víctimas de una alucinación de esas que tienen (tenemos) los que nos negamos a ver la prosperidad que nos ha traído nuestro glorioso gobierno, y de plano asegurábamos no tener energía nomás porque somos unos neoliberales irredentos.

No puedo decir que fuera el Día del padre más triste de la vida, sobre todo porque ,más bien estaba entre muy molesto, muy aburrido –me salvó el día una libro sobre los años finales de la dictadura de los chacales argentinos de la Junta Militar del 76–, y preocupado de que eso se prolongara y me retrasara en mis obligaciones laborales. En algún momento me vi despedido y vendiendo globos en algún atrio dominical.

A eso de las 4 se cumplió aquello de que se hizo la luz, lo que entre otras cosas sirvió para que me enterara del desastre que habían provocado las tormentas, que pudiera trabajar algunas horas y que, antes de que otra cosa suceda, yo termine estas líneas, las envíe y siga viendo el Francia-Irak, que parece que es un festival –según oigo a la distancia, pues el televisor de la remota cocina está prendido y desprendiendo alaridos.

Abur.

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Agustín Morales
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