Ríase usted de la muerte
Para ponerme serio (una vez en la vida), comienzo con el primero de los aforismos del Tractatus, donde Wittgenstein dice, según la traducción más fiable, en el entendido de que mi alemán anda oxidado, “El mundo es todo lo que es el caso” (“o acaece”, según otra versión), lo que nos pone ante el asunto ese de la muerte y estas festividades, sean lo que sean, como parte de los hechos del mundo; como por ese camino voy a caerme yo solo en la trampa de los clisés, voy de la primera a la última preposición: “Sobre lo que no se puede hablar, hay que callar”.
Así, de entrada, nos saltamos todo el Tractatus, en el entendido de que en lo que a mí respecta no voy a acabarlo de entender y no sé si alguno de ustedes –no tengo por qué dudarlo; o sí–, tenga el bagaje que le permita comprender lo que mí me resulta inasible.
En el entendido de que a los opinadores se nos tiene para que opinemos y no para que nos callemos, hay que recordar que la obra que consagra al ‘primer’ Wittgenstein, fue escrita, literalmente, en las trincheras del Imperio (austro-húngaro) en la Gran Guerra, a partir de sus anotaciones y las cartas que intercambió con su maestro Bertrand Russell, con John Maynard Keynes y con G.E. Moore. Aquí hablaría un poco de su hermano Paul, el famoso pianista, que en el mismo teatro de guerra (un poco de teatro se hace necesario), perdería su mano derecha y para el cual Maurice Ravel escribió su famoso Concierto para la mano izquierda. No lo hago por falta de espacio, porque estoy tratando de (no) hablar del Día de Muertos y porque sería mucho desafiar la paciencia del puñado de mis lectores.
El asunto es que a mí me gusta más bien poco, cuando nada, hablar de la muerte. Es un tema que es el summum del misterio, resbaloso, y que se presta en partes iguales al lugar común, a la franca tontería y, lo que es peor, a las actitudes propias de la más repugnante cursilería. No somos nada.
Creo que el asunto debería quedarse en sus dominios: el de los teólogos y los poetas. Por eso en lugar de poner aquí una frase seguramente desafortunada, recurro a mi poeta de cabecera, Ezra Pound, que el alguna parte escribió, en su Oda a la hora de las rosas: “...¿piensas que te besará la muerte? ¿Piensas que la Oscura Casa encontrará en ti tan magnífica amante…?; o en ya en su Canto I, pone al fantasma de Elpénor (uno de los remeros de Ulises, caído frente a las murallas de Troya), a pedir que “sea mi tumba en la playa”.
Cuento esto para no tener que decir, que caray, que vivo esta jornada como una más: nunca he ido a un cementerio en tan señalada fecha; nunca he dispuesto ningún altar en mi casa (ni a los vivos, ni a los muertos) y apenas me ocupo del asunto, en el entendido de que, como dicen los gallegos, a cada cerdo le llega su San Martín (que es justo el día de mi nacimiento). Como sé de cierto que un día no me van a dejar salir, procuro andar lejos de camposantos y criptas; como dijo un día Sartre (al que procuro citar lo menos posible y en caso de extrema urgencia): No es que no me preocupe la eternidad, lo que pasa es (ocupado en la vida, apostillo yo) que suelo mirarla con el rabillo del ojo.
Debería abundar lo que en su día escribió Fromm de las culturas necrófilas (necrofilia: atracción apasionada por todo lo que está muerto, descompuesto, enfermo…), entre las cuales pone en primerísimo lugar a los nazis (y yo a sus pares prehispánicos, los mexicas), pero total que cada quien festeje lo que se le venga en gana. Yo me limito a decir que tanto (supuesto) culto a los muertos, explica el desprecio profundo de nuestra sociedad a lo que está vivo, a lo que funciona, a lo sano.
Alguna vez, hace muchos años, fui al Lago de Zirahuén a uno de estos festejos; lo observé con fascinación, claro, pero como si fuera un turista (lo era, de hecho), azorado con alguna manifestación tan asaz asombrosa como fuera de mi entendimiento: como si estuviera viendo la pira funeraria de una desafortunada viuda hindú o un sacrificio humano en un altar antiguo (y ya se nos estaba colando Ciorán y las sabidurías antiguas, pero se los voy a ahorrar).
Ya para ir preparando los augures del caso, sólo sostengo que me siento extraño frente a ese sincretismo entre las festividades cristianas, la profusión sanguinaria del barroco español y el culto prehispánico a la muerte. De hecho termino estas líneas y me olvido del asunto, que ya tendré tiempo para ocuparme del tema y cuando sea el caso esa ocupación será a perpetuidad.
Comencé con Wittgenstein, concluyo con Vattimo, mutatis mutandi: “Que el misterio se explique por el misterio”, y que les aprovechen sus calaveritas. El año entrante igual me animo y en vez de estas cosas me pongo a dedicarles unos pareados: “Andaban los candidatos/ sacrificando unos gatos/ mientras otros se hacían patos/ Pero el gran dedo de hueso/ A alguno apuntó al pescuezo/ A alguno más dejó tieso…” Pero basta: ya será para otro año, con más calma.
Abur.
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