Viajes a quién sabe dónde
Sábado muy de mañana lustrosa. Trajín, bostezos en batería, taxistas en hastío bostezador, señoras arrastrando, jovencitas arrastrando, flacos y gordos en el empuje dizque forzudo: el maletaje de todo pelo, hasta imitaciones de esas marcas fifis y pipiris… ¿qué? Una central camionera como, supongo son todas las centrales camioneras de este país, siempre con sus asegunes metropolitanos o rancheriles. Es la misma central de siempre, pero a los ojos de quien, cosas asaz azarosas, lleva sin pisar esos sobados y resobados pisos cosa de: ¿una vida?, aquello suena a…
Tengo que echar la memoria y la máquina de rellenar umbrías hasta… hasta muy atrás. Cuarenta y pico años en aína, una vida que no la vivió ni… Allí nos congregábamos para esos primeros viajes a Guadalajara, cuando éramos novedosos y nuevecitos estudiantes universitarios. Cerrazón de ojos para que la inventiva pase por recordatorio meridiano y verosímil: bancas con apile de petacas y bultos, los ventanales y los camiones bostezando hedores a diesel y a desinfecte en friega y barato.
Creo que lo único que no ha cambiado en medio siglo en esa terminal es el apeste y la mirada de los vagabundos que gustan de estos despachaderos.
Llegábamos a la vieja y siniestra central camionera vieja a las tres de la mañana; la fila en desmodorre a los taxis amarillos que nos repartían por la ciudad, para dormir un par de horas, e irnos cada cual a sus respectivos…Digamos: santuarios del conocimiento
Creo que la última vez que pisé la terminal fue aquella vez que me escapé en friega y con harto sigilo de casa. Agarré una maleta, eché lo indispensable, apreté el esmirriado pecunio y me subí a un ómnibus que ni tanto, ni al tiro, con ganas de no regresar nunca, aunque nunca fue muy pronto. Otra vez las cuentas: quizá el remoto y borroso año del 85, que ya es hablar de asuntos de otro siglo y otra millada.
Total que a las nueve, yo ya iba trepado en el camión de servicio plus de lo plus, según esa semántica que impone el “peor es jugarse la vida en esos caminos”, y dando las cabeceadas que me llevarían a las honduras del sueño facilón, que me acompañó al bies, hasta la llamada Nueva Central, que de novedosa tiene ya muy poco y que abrieron por aquellos años de antes y ya nos hablan de añejuras medio rancias; si es que nos hablan.
¿A qué diablos iba yo a Guadalajara? ¿Y en autobús? ¿Y en sábado de sabática modorra?
Pues a una boda a la que, por cierto, debí llegar a las dos y llegué casi a los postres: el trafical inmundo por unos rumbos que no existían hace casi medio siglo que yo me fui a vivir a esa ciudad, años imberbes donde después de… todo era despoblado y matorrales; la habitación del hotel, sin miramientos, hasta las tres pe eme; y el bodorrio, ritual añejísimo de tiempos de las hecatombes y las paganías, en la Hacienda de Quién Sabe Dónde, en lejanías ignotas y hasta dónde los úberes capchrichudos que mejor hasta allá no.
Mucho debo tener en alto aprecio a esos novios, para tales travesías. Por lo demás la fiesta pequeña, ellos requete contentos, el ruido tolerable y los de la parroquia de puros desconocidos de otros rumbos, una rechulada de extrañezas, que fue lo mejor pues, desconocidos casi todos, cada cual a sus asuntos, mientras yo, otro extrañamiento fuereño, me comía platos rescatados del saqueo y ya fiambres, aunque el apetito atroz cura también lo frío.
La fiesta terminó pronto y pronto me fui a cenar y a dormir, para el regreso madrugador: la sorpresa fue que el boleto comprado dificultosamente en Internet correspondía a viaje metido en un trasto sucio, chamagoso, de esos que vienen y van, como quien no lleva prisa, parándose allí donde sí y donde no, hasta llegar a Ciudad Juárez (si es que ya llegó a su destino tras una semana de travesía en el desierto). Me bajé, compré otro boleto y me vine en el siguiente cachivache de categoría, para aparecer al mediodía a la central de antes, venirme a mi casa a seguir convaleciente. Sonó el teléfono:
–¿Qué tal tu viaje a Guadalajara?
–El viaje, bien, pero creo que no fui a Guadalajara.
–¡Achis los mariachis! –que afortunadamente no hubo, pensé yo. –¿Pues entonces a dónde?
Pensaba decir “A sabe Dios dónde” o algo como “a donde Cristo perdió las alpargatas”, pero quería evitarme el debate teológico, así que, atendiendo la más estricta verdad, me limité a decir:
–Pues a quién sabe dónde.
–¿Y eso dónde queda?
–Sepa la bola.
Abur.
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