Y todo a media luz
Leo, como quien ve llover desde la comodidad de una habitación tibia, que en Estados Unidos, donde un vórtice polar causó una tormenta invernal de dimensiones inusuales, que no sé cuántos millones de hogares se encuentran sin luz, ergo, sin posibilidad de calentarse, en condiciones donde las temperaturas mínimas son inferiores a los 40 grados Celsius, que no centígrados.
Un vórtice de esa magnitud me pilló hace algunos años en Chicago, aunque, he de decirlo, en la comodidad de un hotel donde podía uno andar en mangas de camisa, viendo las calles desiertas barridas por una violenta ventisca. A mi regreso alguien me preguntó qué se sentía eso de estar a temperaturas tan bajas y tan desconocidas para nosotros (hoy aquí con cuatro grados positivos ya sentíamos que estábamos en Siberia). Yo le contesté que por debajo de 3 o 4 grados negativos, ya no se sentía nada: ya a punto de congelación lo mismo da que las temperaturas sean de cuatro, de catorce, de cincuenta grados bajo cero. Solo recordaba que los pocos momentos que estuve a la intemperie, el aire tenía un extraño olor a amoniaco.
Lo cierto es que para esas temperaturas extremas, hay ciudades que están más o mejor preparadas: aislamientos térmicos, calefacciones a gas, ropas térmicas; en casos extremos, como pasa en algunos sectores de Chicago, aunque destacadamente en Edmonton, Toronto o Montreal, calles peatonales subterráneas, para no caer muerto de frío en una caminata.
Ya hace una semana un apagón dejó a mi rumbo sin luz (sin necesidad de nevada, ni ninguna cosa similar: uno de los apagones que nos obsequia la CFE así sin causa aparente). Ayer domingo, a media tarde, estaba yo con un ojo al gato, una serie de trabajos de la universidad que estaba calificando, y otro al garabato, es decir al juego de la NFL que se jugaba en Denver, otro lugar que no es precisamente Cuernavaca. En algún momento del partido las temperaturas se desplomaron y comenzó a caer una nevada que impidió ya no jugar a los equipos en liza, sino siquiera verse la punta de los dedos.
Bajé por un café y la cafetera dejó de funcionar. Pensaba yo que aquel cacharro se había rendido ya, luego de años de servirme un exprés tras otro, a razón de miles ya; fue cuando vi el reloj del horno que apenas parpadeaba, cuando me di cuenta que se trataba de otro apagón. Inoportuno como siempre: me dejó sin poder calificar, sin el juego de americano y, al caer la temprana noche, sin luz.
Pensé, lo primero, en que tenía la nevera llena de comida, aunque luego recordé que en mi casa la temperatura media es más baja que la del aparato, de tal manera que de conservar la comida en condiciones no tengo que preocuparme durante las próximas semanas. Yo dejo un helado en la mesa de la cocina y no se derrite hasta mediados de marzo.
Los últimos destellos de luz en la ventana me sirvieron para sentarme, tomar el libro de Teitelboim (que releo luego de veinte años) sobre Borges y esperar, con la resignación del santo Job, a esperar que el suministro se reestableciera. Los apagones, sobra decirlo, no tienen horario y son de lo más inoportunos, como los dolores de muela (justo el domingo previo, al caer la tarde me atacó uno asaz atroz), pero este me pillaba en plena evaluación y con el plazo encima.
Como no soy ni taumaturgo, ni mago, ni funcionario de la CFE, me armé de paciencia y me puse a leer; al caer la noche encendí un par de velas y me puse a leer a media luz, procurando no pensar en las urgencias. El libro me distrajo lo suficiente.
Hace unos días, en la radio, contaba cómo el desafortunado encuentro entre Borges y Pinochet, en la Universidad de Chile, le costó el Nobel. Fue un aciago día de septiembre de 1976, tres años después del cuartelazo, y seis meses después del golpe de Videla y demás chacales. Ese día, 21 de septiembre, en Washington, los esbirros de la dictadura chilena asesinaban a Orlando Letelier, quien había sido el embajador del gobierno de Allende en los Estados Unidos.
Entiendo que Teitelboim estaba en la lista de los que deberían ser también ejecutados, aunque un error de fechas le salvó la vida.
A media luz, no dejo de asombrarme de la manifiesta admiración del comunista chileno por el escritor argentino, en su día entusiasta de Pinochet, Videla y otros tipos de tal guisa. A las siete pasadas la luz se hizo (ya estaba hecha, de hecho… desde la más remota antigüedad bíblica: perdón por la cacofonía ripiosa), pero yo me quedé allí leyendo a la luz de las velas, dejando para hoy –si no hay otro apagón que deje truncas estas líneas– lo que debí hacer ayer.
Para evitarme un susto, mejor aquí pongo punto final. Abur.
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