Cuba: un país exhausto
Uno de los tópicos que ha campeado el ánimo y la comunicación en México es sin duda el tema de Cuba.
Primero, la realidad social hoy es un país exhausto. Tiene crisis múltiples y una vida cotidiana rota porque tiene escasez crónica de alimentos, medicinas e insumos básicos. Tiene apagones, apagones constantes, tiene deterioro de servicios públicos y del sistema que durante décadas fue presentado como ejemplar. Tiene salarios incapaces de cubrir lo mínimo.
Inflación, dolarización, de facto, y desigualdades crecientes entre quienes tienen acceso a remesas, turismo o divisas y quienes no lo tienen. Éxodo masivo.
Cientos miles de cubanos han salido en los últimos años porque no pueden vivir en condiciones de extrema pobreza. Sí, efectivamente, la izquierda conserva muy bien el discurso de que todos son libres de decir lo que quieran.
Pero recordemos, el 11 de julio del 2021, hubo las mayores protestas en décadas, miles de personas, en más de 50 localidades salieron a la calle a gritar, "Libertad, abajo la dictadura, patria y vida." Protestaron contra la pobreza, la falta de servicios y la ausencia de libertades.
La respuesta del Estado fue represión sistemática, detenciones masivas, juicios ejemplarizantes, condenas severas, incluidos menores de edad, hostigamiento a las familias, cortes de internet, vigilancia y castigo a activistas, artistas y periodistas.
Todo esto configurado nos da una imagen muy clara: la vida social en Cuba está marcada por la precariedad material y el miedo político. Es algo que no quiere ver la izquierda internacional. Y aquí está el punto neurálgico, ¿cómo cierta izquierda decide no verlo?
Antiimperialismo como coartada total. El embargo, bloqueo de Estados Unidos que persiste es dañino e injusto, hay que decirlo con todas sus letras, pero una parte de la izquierda lo usa como una explicación única y total, borrando la responsabilidad del gobierno cubano en la gestión económica, la falta de libertades y la represión.
Todo se reduce a agresión extrema y así se niega la agencia y la voz de los propios cubanos que protestan. No es posible confundir el estado con pueblo y el gobierno con revolución. Se mantiene un relato donde el gobierno encarna al pueblo y a la revolución, de modo que criticar al gobierno equivale a traicionar la causa popular. Qué cosa más falsa. Eso borra la pluralidad real de la sociedad cubana, sus disidencias, sus generaciones jóvenes que ya no se identifican con el relato épico de los años 60.
Romanticismo revolucionario contra la experiencia vivida. Desde afuera se sigue hablando de logros históricos, de dignidad, de resistencia heroica mientras, dentro, la gente hace colas interminables, sobrevive con remesas, se autocensura y ve cómo la élite político-militar vive en condiciones muy diferentes, es decir, viven en la opulencia.
Una ceguera frente a la represión y, sin embargo, una parte de la izquierda relativiza o niega estos hechos, los llama montajes, exageraciones, errores aislados, mientras habla de soberanía dentro de la revolución. Es decir, en un análisis imparcial, no es neutral ante el daño.
Ser imparcial no significa darle la razón a todos, sino reconocer todos los actores. Sí, el embargo y el bloqueo es real y dañino. Sí, el gobierno cubano no ha construido durante décadas un sistema de control político que hoy se sostiene en la represión.
Sí, la sociedad cubana está mostrando con su éxodo y sus protestas que el modelo actual es insostenible. Sí, una parte de la izquierda internacional ha preferido mirar hacia otro lado por la lealtad ideológica, por nostalgia o por cálculo político.
Imparcial es no borrar ninguna de estas verdades. Hay que ser solidarios con Cuba, pero con los cubanos, no con los dictadores.
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