La necesidad de sacrificar a alguien
Hay calendarios que no sobreviven por tradición, sino por precisión.
Semana Santa persiste porque nombra, con una lucidez incómoda, uno de los mecanismos más estables de la vida colectiva: cuando una sociedad entra en crisis, rara vez distribuye con honestidad la responsabilidad; casi siempre busca condensarla en una figura visible, útil y sacrificable.
No es un fenómeno religioso.
Es un reflejo político.
Toda comunidad que pierde capacidad para procesar su propio desorden empieza a buscar culpables más que causas. Necesita simplificar. Necesita expulsar. Necesita creer que el problema tiene rostro, nombre, cuerpo. No porque sea cierto, sino porque es psicológicamente más soportable.
Por eso las sociedades modernas, aunque se asuman sofisticadas, siguen recurriendo a una lógica primitiva: cuando el sistema se vuelve demasiado complejo para ser explicado, alguien tiene que cargar con él.
Así operan muchas de nuestras crisis contemporáneas.
Cuando la desigualdad se vuelve obscena, el mercado laboral se precariza y el Estado deja de producir certidumbre, el problema rara vez se presenta como una falla estructural del modelo económico. Se vuelve más cómodo atribuir el desorden a quienes llegan, a quienes sobran, a quienes alteran la idea de frontera, pertenencia o estabilidad. La persona migrante deja entonces de ser leída como sujeto de derechos o síntoma de una fractura mayor, y se convierte en depósito emocional de la ansiedad nacional.
Lo mismo ocurre en la política democrática degradada. Sistemas completos de corrupción, impunidad, deterioro institucional o abandono administrativo se reducen, con una facilidad sospechosa, a una sola cara. Un alcalde, una presidenta, un ministro, un funcionario. Como si décadas de negligencia, arquitectura presupuestal, incentivos perversos, centralización, extractivismo o captura burocrática pudieran explicarse en una sola biografía. Lo que se castiga no siempre es al responsable, sino al cuerpo disponible.
Ese mecanismo no resuelve nada.
Pero produce una sensación inmediata de orden.
Y esa es, quizá, una de las claves más inquietantes de nuestro tiempo: no vivimos únicamente una crisis de verdad o de representación. Vivimos también una crisis de procesamiento colectivo. Hemos perdido capacidad para habitar la complejidad sin convertirla en espectáculo, enemigo o castigo.
Por eso seguimos necesitando sacrificios públicos.
No porque nos falte información, sino porque nos sobra incapacidad para sostener lo que esa información implica.
Las redes sociales aceleraron el ritual, pero no lo inventaron. La política lo explota, pero tampoco lo creó. Lo que hicieron fue tecnificar una pulsión mucho más antigua: la necesidad de restaurar simbólicamente el orden a través de la exposición de alguien.
Y quizá por eso estos días siguen teniendo una extraña actualidad. No porque obliguen a creer, sino porque obligan a ver. Lo que contienen no es solo una memoria espiritual, sino una advertencia civilizatoria: una sociedad empieza a degradarse cuando confunde justicia con concentración de culpa, y cuando llama solución a la eliminación simbólica de aquello que no sabe procesar.
Toda época tiene sus cruces.
La nuestra, acaso, se distingue por algo más sofisticado y más brutal: ya no necesita madera, clavos ni plaza pública. Le basta una narrativa convincente, una multitud fatigada y alguien lo suficientemente visible para cargar con lo que en realidad pertenece a todos.
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