Lo que el balón sí pudo

Hay acontecimientos que no cambian el rumbo de la economía ni reforman las instituciones, pero modifican aunque sea por un instante, por unos momentos, el estado de ánimo de una nación. El pasado 30 de junio el balón que rodó sobre el césped del Estadio Banorte consiguió algo que la política mexicana no ha logrado en décadas: reunir a los mexicanos alrededor de un mismo sentimiento. Durante más de 90 minutos desaparecieron las fronteras ideológicas que han dividido al país lamentablemente. Nadie preguntó quién era de izquierda o de derecha. Nadie exigió saber si el vecino era "chairo" o era "fifí".

El gol no distinguió credos políticos, las clases sociales ni las regiones. El abrazo fue el mismo para todos con el entusiasmo de un México triunfador. México dejó de ser un archipiélago un archipiélago un archipiélago de agravios para volver a sentirse una nación.

Fue la verdadera victoria que será patente quizá este domingo. México se volverá a unir al triunfo o a la derrota, pero siempre primero México. Mientras el fútbol despertaba un sentido espontáneo de comunidad, la política ha insistido en administrar las diferencias como si fueran una fuente inagotable del poder. 

La polarización dejó de ser una consecuencia del debate democrático para convertirse demasiadas veces en un método de gobierno y de oposición. Se alimentó la sospecha, se exaltó el resentimiento y se confundió la firmeza de las convicciones con la necesidad de fabricar enemigos.

La alternancia democrática prometía reconciliar al país mediante el respeto a la pluralidad. Sin embargo, con frecuencia terminó atrapada en una lógica donde cambiar de gobierno significó simplemente cambiar de adversario, no de cultura política. 

El poder dejó de concebirse como un servicio para entenderse como una disputa permanente y en esa confrontación la confianza ciudadana, las instituciones y la hacienda pública han pagado un altísimo precio. Pero resulta inevitable recordar aquellos versos que durante el siglo XX las generaciones que estudiamos en escuelas públicas aprendimos el himno agrarista. 

Decía, "Re, olvidemos los rencores, compañeros, que se llenen de trigo los graneros y que surja la ansiada redención." No invita a borrar la memoria, sino a superar el resentimiento como forma de hacer política. Ninguna nación, Luigi, prospera cuando se convierte la división en su principal narrativa.

El balón dejó una lección de civismo que ningún discurso ha conseguido imponer. Recordó que antes de ser militantes somos ciudadanos, que antes de ser simpatizantes de un partido somos herederos de una misma historia y responsables de un mismo porvenir.

La patria no pertenece a una ideología, a un gobierno o a una oposición. Es un bien común que solo florece cuando la diferencia deja de convertirse en enemistad. Los antiguos le llamaron fronesis a la prudencia práctica de quien sabe armonizar intereses distintos para alcanzar el bien común.

Esa virtud parece haber estado más presente en el Estadio Banorte que en muchas tribunas parlamentarias. El estadio el estadio mostró que la unidad no exige uniformidad. Exige reconocer que existe algo superior en nuestras discrepancias y se llama México.

El fútbol, con toda certeza, no va a resolver los problemas de inseguridad, la desigualdad ni los desafíos del desarrollo, pero dejó al descubierto una verdad incómoda para nuestra clase política. El país sí puede encontrarse cuando se le ofrece un motivo para compartir una esperanza en lugar de una confrontación, una esperanza activa.

Tal vez la mayor sorpresa de 2026 no fue un resultado deportivo, sino descubrir que la nación sigue viva debajo del ruido de las consignas. Si un balón, fue capaz de despertar el verdadero nosotros que parecía dormido, la política debería preguntarse por qué aún no ha conseguido hacer de la reconciliación su obra más importante.

Porque el verdadero triunfo de México no llegará cuando un equipo levante una copa, sino cuando sus gobernantes y sus partidos comprendan que la grandeza de una república no se mide por la derrota del adversario, sino por la capacidad de construir entre todos una patria virtuosa, libre, próspera y reconciliada.

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Opinión Lo que el balón sí pudo por Ignacio Ruelas Olvera
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