Viaje al corazón de… ¿la fiebre mundialista?
Por razones que no vienen a cuento, hacía ya cosa de un lustro que no estaba por la Ciudad de México más que de paso, sin apenas salir del aeropuerto; la última vez que estuve por allí, unos meses antes de pasar a la muerte civil, fui a una reunión de la Google News Iniciative, en un viaje de apenas tres días. Un trámite forzoso me llevó a volver en dos viajes consecutivos, de esos de ida y vuelta las semanas pasada y antepasada.
Lejos están esos días donde se subía uno a un avión lleno de rostros conocidos y de japoneses, aunque por allí coincidí con al menos dos asiduos de toda la vida; en la vuelta del primer viaje coincidí, lamentablemente, con un grupo de personas públicas que hacían gala de ostentación –junto a mi iba una política de cuarto para las doce que estaba embutida en prendas que valen el salario de un año de un trabajador decente, y que me recordaron algo de la seda, pero mejor no decir más. Hablar de la interesante charla que sostuve en mi segundo regreso sería entrar en terrenos pantanosos (tendría que hacer comparaciones odiosas y hasta riesgosas) y desviarme del tema, que es esa ciudad demencial que, dicen sus autoridades, se está preparando para recibir a chorromiles de millones de turistas (casi tantos como los que vienen a la feria solo en un fin de seman) para algunos, pocos, juegos de la próxima Copa del Mundo.
Por lo demás los viajes no tienen mucho jugo para exprimir. El primero fue volar, ir al lugar de mi cita, entretener varias horas bajo un árbol en Reforma leyendo a el “V13” de Carrere, cumplir la primera parte del trámite, volver al aeropuerto en un trayecto de casi dos horas, volar de regreso viendo a una mujer forrada de un abrigo Vuitton –más adecuado para Siberia que para esta tórrida primavera–, ir por Laszlo y regresar a casa.
El segundo un poco más de lo mismo. Lo que me llamó la atención es que nomás no vi la mentada fiebre mundialista, a menos que algunos anuncios, siempre en el tono cursi del “Sí se puede” y el “Vamos México”, sean el sucedáneo de una ciudad caótica, en obras que no van a terminar, llena de unos ajolotes morados más bien monstruosos, de una población cabizbaja, ensimismada, caminando por una ciudad –que puede ser señorial o siniestra según el rumbo– que al fin de cuentas es gris.
La única “muestra espontánea” de la mentada fiebre mundialista la vi en una esquina de Izazaga, en la populosa Lagunilla, donde un tipo más bien obeso, ataviado con unos pantaloncillos que hace décadas debieron ser blancos y con una camiseta de la Selección de los tiempos cuando jugaban Onofre y Borja, intentaba, sin mucha gracia, la verdad, dominar un balón en una esquina, buscando con ello contagiar del espíritu del Mundial y la generosidad de los peatones y conductores, todos indiferentes a los intentos del buen señor que a veces lograba hasta cuatro dominadas.
Como fue día de marchas –en la mañana el Ángel estaba situado de antimotines que esperaban la protesta de los transportistas–, el regreso por el Circuito Interior fue casi un paseo por el Estigio, y tras un recorrido de casi dos horas de Polanco al aeropuerto, vi que los operarios multiplicados intentaban dar los últimos retoques a unas obras que van a terminar, pero cuando se inaugure el Mundial del 2030.
Eso sí, en el enorme espacio que ocupan las dos rotondas de acceso a la terminal 2, colocaron un enorme balón que, entiendo, es el oficial de la competición por venir, y en el acceso una réplica más bien daliniana de la desaparecida –y bien fundida– Copa Jules Rimet, y otros tótems alusivos; allí donde hubiera una pared que echar a perder, se colocaban bastidores provisionales para poner indios de cartón piedra. Se sabía que eran indios porque estaban casi desnudos, con taparrabos y penachos, aunque sus rostros son más bien de rasgos centroasiáticos, algo así como kirguizes jugando algo que debe ser el juego de pelota en los muros de una construcción que podía ser bien parte de la muralla de Constantinopla o de cualquier cosa que la imaginación del viajero quiera imaginar.
Faltaban cinco horas para mi vuelo de regreso. Apagué el último cigarrillo, vi de nuevo la supuesta réplica de la Jules Rimet –que se derrite inexorablemente por la acción criminal de unos famosos criminales–, y de plano cruce los arcos de seguridad y me instalé en un pequeño salón, ajeno al delirio febril de afuera, a beberme un tequila y a intentar entender media palabra del libro de Slavoj Zizek que llevaba en la mochila, justo para una emergencia como esa.
Abur.
-
Las ideas aquí expresadas pertenecen solo a su autor, binoticias.com las incluye en apoyo a la libertad de expresión.
Imagen